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Los arqueólogos también deberían ser activistas

Los arqueólogos también deberían ser activistas


Cada vez más arqueólogos están trabajando para descubrir las voces de grupos que fueron marginados en el pasado.

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Cuando el condado de Lehigh, Pensilvania, hizo una pausa en el recuento de votos durante una noche durante las elecciones presidenciales de 2020, empezaron a volar teorías de conspiración infundadas sobre la seguridad electoral.

Grupos comunitarios se movilizaron para presionar a la junta electoral para que adoptara un plan eficaz para contar cada voto con precisión y sin interrupciones. Como miembro de uno de esos grupos —Lehigh Valley Stands Up—, yo (Allison) estaba comprometida a ayudar. En pocas horas, habíamos colaborado para elegir un lugar para una acción estratégica: un puente entre condados. Habíamos elaborado nuestro mensaje y nuestra protesta fue cubierta por el New York Times.

La acción fue impactante y nuestras demandas se cumplieron. El éxito del evento se debió a la experiencia complementaria de activistas en Lehigh Valley, incluida la mía como arqueóloga.

La arqueología y el activismo pueden no parecer socios naturales. Mucha gente piensa que los arqueólogos solo se preocupan por las comunidades desaparecidas, desenterrando y desentrañando historias del pasado profundo. Pero la arqueología y su disciplina general, la antropología, son, de hecho, adecuadas para el activismo, y no solo porque las habilidades logísticas desarrolladas a través del trabajo de campo sean útiles al organizar protestas. Como disciplinas, la antropología y la arqueología se tratan enteramente de las personas y de asegurarse de que las historias de todos sean entendidas y escuchadas, incluidas, y especialmente, las de los grupos más marginados.

Estas disciplinas pueden tener que ver con la justicia en su esencia, pero solo si hacemos que así sea.

Afortunadamente, en las últimas tres décadas, ciertos rincones de la arqueología se han centrado mucho más en las voces desatendidas del pasado, particularmente en arqueología histórica, arqueología comunitaria, arqueología indígena y arqueología feminista. Esto representa un compromiso intelectual para comprender las dimensiones materiales de la opresión de clase, racial y de género del pasado que no se captura completamente en los libros de historia de hoy, para desafiar los sistemas de poder en el pasado y en el presente.

Este es un importante paso hacia adelante. Los arqueólogos pueden y deben asegurarse de que sus investigaciones, escritos y enseñanzas dentro de la academia estén ayudando a promover las causas de la justicia social. Pero también argumentamos que, para lograr este objetivo, los arqueólogos deben ir mucho más allá de reorientar su investigación académica: los arqueólogos deben entrar en un trabajo de coalición con organizaciones comunitarias y grupos activistas si queremos lograr un cambio transformador y radical en el mundo.

El trabajo por la justicia, en el mejor de los casos, está impulsado por un sentido de urgencia: hacer un trabajo que importa, ahora mismo, para personas reales. Esto se debe a que el trabajo por la justicia está motivado por conexiones con personas y con lugares que están siendo perjudicados en el presente. El buen trabajo por la justicia es un trabajo de cuido, comprometido con la compasión, la construcción de capacidades y el apoyo al bienestar de los miembros de la comunidad, activistas y académicos por igual.

La arqueología ciertamente podría usar más de todos estos: urgencia, reducción de daños y cuido. Tomemos, por ejemplo, la respuesta académica al caso en curso de retención y tratamiento poco éticos de los restos de afroamericanos en el Museo Penn –incluida la retención de los restos de dos niños que murieron cuando la policía de la ciudad bombardeó una organización revolucionaria negra llamada MOVE el 13 de mayo de 1985—.

Cuando el periodista y organizador local Abdul-Aliy Muhammad dio a conocer que los restos de una joven víctima del atentado de MOVE habían sido utilizados en un video de un curso de Princeton de 2019, quedó claro que los restos de estos niños, que se cree que eran Tree y Delisha Africa, habían permanecido en una caja de cartón durante décadas, mientras la familia pensaba que sus seres queridos asesinados habían sido enterrados en 1985-1986.

Un actor se sienta en las escaleras colocadas en un escenario frente a la fachada de un edificio en llamas. El año 1985 se proyecta sobre el edificio en grandes letras blancas con información sobre personas asesinadas en un incendio.

El bombardeo de la organización MOVE en 1985 provocó muchas protestas e indignación, como esta ópera We Shall Not Be Moved.

Varios profesores y estudiantes de antropología de Penn –en particular, aquellos con conexiones ya existentes con la lucha por la justicia racial en torno a las colecciones de restos humanos de Penn— se han unido a Muhammad y la organización MOVE para aclarar la cadena de custodia y apoyar las demandas de repatriación y reparaciones de la familia Africa. Esto incluye la incansable defensa de Krystal Strong, el trabajo de búsqueda de testimonios y evidencia de Deborah A. Thomas y el informe de archivos de acceso abierto de Paul Wolff Mitchell.

Estos son pasos en la dirección correcta para reparar la violencia y el daño causado a través de generaciones a las comunidades negras y no blancas, como se pide en una declaración conjunta de la Asociación de Antropólogos Negros, la Sociedad de Arqueólogos Negros y el Colectivo Negros en Bioantropología, en respuesta a este reciente escándalo.

Claramente, estar a la altura del potencial transformador de la arqueología requiere una construcción de relaciones cuidadosa, compasiva e intencional entre activistas y académicos.

Una forma en que los arqueólogos han contribuido a los movimientos es descubriendo las historias de personas marginadas que no escribieron, o no pudieron escribir, sobre sus propias experiencias. Este trabajo, en el mejor de los casos, demuestra no solo la injusticia enfrentada, sino también la acción ejercida por personas del pasado. Se asegura de que ningún grupo sea olvidado, descartado o malinterpretado.

Dos proyectos de la Universidad de Denver destacan como ejemplares. El Proyecto de Investigación Amache, por ejemplo, trabaja para descubrir las experiencias vividas de personas encarceladas en un campo de prisioneros japoneses-estadounidenses entre 1942 y 1945. El Proyecto Arqueológico de la Guerra de Colorado Coalfield ha documentado la violencia provocada por corporaciones privadas sobre trabajadores en huelga en el sur de Colorado, entre 1913 y 1914.

Las coaliciones crean un círculo complementario de ventajas tanto para los activistas como para los arqueólogos.

Gran parte de la discusión en arqueología se ha centrado en la lucha contra la ciencia popular que se centra en las figurillas paleolíticas de “Venus”, pequeñas tallas antropomórficas y esculturas que con frecuencia tienen pechos y nalgas muy grandes. En los medios de prensa populares, estas figurillas casi siempre se identifican como mujeres altamente sexualizadas hechas por hombres para satisfacer sus fantasías sexuales. Pero arqueólogos y antropólogos físicos como April Nowell y Melanie Chang han señalado que estas suposiciones obstruyen el estudio científico de los objetos. Hay otras posibles interpretaciones, señalan: las figurillas pueden representar identidades de género distintas a masculino y femenino, pueden haber sido producidas para la estimulación sexual de otros además de los hombres, o pueden ni siquiera haber sido percibidas como eróticas en absoluto en su contexto original.

Pero la influencia de la arqueología no se limita solo a lo que estudian los académicos; también involucra lo que hacen los arqueólogos. El antropólogo Bruce Granville Miller de la Universidad de Columbia Británica, por ejemplo, ha testificado ante tribunales en casos de derechos sobre la tierra y reconocimiento tribal. Junto con Gustavo Menezes, ha ofrecido orientación a otros antropólogos sobre cómo actuar como testigos expertos contra la privación de derechos de las comunidades indígenas.

Para algunos de nosotros, nuestros roles como docentes y administradores ofrecen oportunidades para diseñar e implementar políticas inclusivas en la educación y la vida universitaria. Todas estas son formas en las que los arqueólogos pueden y deben efectuar cambios tangibles a través de la acción, con el fin de lograr un mundo más justo.

Existe un largo precedente para los arqueólogos que se involucran en el trabajo político. En la década de 1930, el arqueólogo australiano Vere Gordon Childe escribió y dio conferencias sobre los abusos políticos del pasado, particularmente en sus esfuerzos por desacreditar el uso fraudulento de evidencia arqueológica y antropométrica por parte de eugenistas y propagandistas nazis. Childe eligió conscientemente escribir para un público popular y tuvo gran éxito – si es que más de una docena de libros en la lista de los más vendidos son señal de ello—. Pero Childe también era muy consciente de los límites de la capacidad de cualquier persona para cambiar el mundo a través de la investigación, la escritura y la enseñanza. Entonces, Childe fue más allá.

Mientras ocupaba la cátedra de arqueología de Abercromby en la Universidad de Edimburgo, Childe presidió el capítulo local de la Asociación de Trabajadores Científicos (AScW), un sindicato de académicos y técnicos de la industria que luchaba por la paz, la educación progresista y el socialismo. La AScW pidió a los científicos que reconocieran que su investigación era una práctica social inevitable, lo que significa que la investigación y los resultados no eran ni podían ser del todo objetivos, sino que estaban integrados e impregnados de política.

Un busto de bronce descansa sobre una superficie de madera al lado de una planta y frente al cristal de una ventana.

El arqueólogo australiano Vere Gordon Childe estuvo profundamente involucrado en el trabajo político en la década de 1930.

Más que esto, AScW argumentó que los científicos deben participar en las luchas sociales y políticas, por ejemplo, luchando por mejores condiciones de trabajo en el laboratorio y al impartir lecciones. La AScW también creía que era responsabilidad de los científicos educar a las personas sobre cómo protegerse de las bombas en tiempos de guerra, cómo comer bien y, quizás lo más importante de todo, cómo pensar de manera racional y crítica.

La participación de Childe con la AScW y sus coaliciones entre científicos y ciudadanos no fue separada ni incidental a su experiencia como arqueólogo. Mientras los arqueólogos continuamos discutiendo cómo podemos contribuir a la acción colectiva y desde las bases por la justicia social, haríamos bien en seguir su ejemplo.

Un importante ejemplo moderno de trabajo de coalición es el proyecto Mapeo del trauma histórico en Tulsa de 1921 a 2021 dirigido por Alicia Odewale, de la Universidad de Tulsa, y Parker VanValkenburgh, de la Universidad de Brown. Uno de los peores episodios de violencia racial en los Estados Unidos del siglo XX, la Masacre racial de Tulsa de 1921 diezmó la otrora próspera comunidad negra de Greenwood, cuyos habitantes fueron asesinados o desplazados por una mafia blanca. Y, sin embargo, la masacre fue borrada en gran parte de la memoria histórica.

Como parte de los esfuerzos del centenario, Odewale y VanValkenburgh se acercaron a la Comisión del Centenario de la Masacre de la Raza de Tulsa de 1921, un grupo de descendientes, educadores, activistas y líderes culturales del distrito Greenwood de Tulsa o que trabajaban en él, con una idea para un proyecto arqueológico y un presupuesto provisional. A partir de los diálogos con las partes interesadas de la comunidad, surgió un proyecto de cuatro años centrado en la comunidad que no solo es responsable ante sus partes interesadas, sino que de hecho está dirigido y financiado por ellas. Como resultado, este proyecto está diseñado para perseguir la justicia restaurativa, sanar el trauma histórico y mejorar las historias de resiliencia.

Coaliciones como estas crean un círculo complementario de ventajas tanto para activistas como para arqueólogos. Los arqueólogos tienen habilidades pragmáticas que ofrecer, desde diseñar cronogramas, reclutar participantes, administrar primeros auxilios en el campo y operar con presupuestos reducidos.

Al mismo tiempo, cuanto mayor sea nuestra exposición a diferentes formas de acción colectiva, mejor será nuestro trabajo de campo. Los investigadores se ven obligados a hacer nuevas preguntas y encontrar nuevos enfoques a medida que nos relacionamos con aquellos a quienes nuestro trabajo les importa.

Estudiantes con carteles se alinean en las escaleras que conducen a un edificio. Un estudiante de pie sostiene volantes.

El coautor Olson (arriba a la derecha) se involucra en una protesta de Graduate Employees Together en la Universidad de Pensilvania (GET-UP).

Todavía hay quienes sostienen que los científicos mantienen su autoridad solo cuando se mantienen objetivos, separados de las preocupaciones políticas actuales. Muchos académicos han criticado este punto de vista durante décadas, demostrando que la ciencia totalmente objetiva siempre ha sido más un mito que una realidad. La ciencia siempre ha sido moldeada por las preocupaciones contemporáneas del tiempo y el lugar en el que se realiza la investigación.

La investigación científica puede tener autoridad debido a su responsabilidad y relevancia para asuntos urgentes para personas reales, no a pesar de ello. Esta idea está ganando una aceptación cada vez más generalizada. Y es particularmente cierto para la arqueología, donde los lugares en los que podemos excavar y las preguntas que hacemos sobre el pasado están tan entrelazados con cuestiones de política e injusticia.

La única forma de impulsar efectivamente los cambios que la comunidad arqueológica quiere ver es ejercitando nuestra capacidad de acción colectiva. Al dar forma a una disciplina que privilegia la compasión, los arqueólogos deben escuchar, aprender y trabajar junto a las comunidades más afectadas por la injusticia.