Anthropology Magazine
Essay / Identities

Enfrentando la anti-negrura en la Cuba “ciega a los colores”

En la década de 1960, el gobierno comunista revolucionario de Fidel Castro afirmó haber erradicado el racismo en Cuba. Una antropóloga explora cómo las jerarquías raciales persisten a pesar de estas narrativas oficiales, dando forma a la dinámica familiar y limitando significativamente las oportunidades para los afrocubanos.

Un hombre sostiene a su nieto en la entrada de una tienda de frutas y verduras en La Habana, Cuba.

Me senté esperando a que Yudell terminara su turno en la paladar, o restaurante privado de pequeña escala, en el céntrico barrio del Vedado en La Habana. [1] Los nombres de todos los entrevistadosse han cambiado para proteger su privacidad. Ya había entrevistado a algunos de los trabajadores allí. Mientras esperaba sentada en una mesa en la esquina del patio al aire libre, dos de los camareros comenzaron a burlarse de Yudell, gritándome: “¡No creas lo que te dice! ¡Probablemente te dirá que es negro porque es racista!”

Yudell me miró tímidamente al otro lado del patio y se rió entre dientes. Al crecer como cubanoamericana, yo había estado en Cuba en ocasiones anteriores para visitar a familiares, pero esta vez estaba allí para realizar entrevistas etnográficas sobre los procesos de racialización para mi disertación en antropología. Sabía por mi experiencia que tenía que andar con cuidado al entablar conversaciones sobre razas en Cuba.

En Cuba, un lugar donde el gobierno comunista revolucionario ha afirmado haber eliminado la desigualdad racial, hablar directamente sobre razas es más que un tabú; es contrarrevolucionario.

Cuando nos sentamos para nuestra entrevista un poco más tarde, Yudell se describió con orgullo exactamente como sus compañeros de trabajo habían dicho que lo haría: “Soy negro”. Hablamos de la persistencia del colorismo en Cuba, un sistema de discriminación por el color de la piel. Yudell eligió no identificarse a sí mismo como un mulato (una persona de raza mixta) o un moro (una persona de piel oscura con una nariz fina y “pelo bueno”), ya que veía esas categorías racializadas que se daban por sentadas como una manera para que los individuos se distancien de la negrura.

Personas de pie, debajo de un cartel que muestra consignas de la revolución acompañadas de una imagen de Ernesto “Che” Guevara.

La autoidentificación de Yudell, en otras palabras, sirvió como una forma de protesta en una sociedad que perpetúa la anti-Negritud mientras afirma ser “daltónica” o “ciega a los colores”.

Los antropólogos señalan que, aunque la raza no tiene una base biológica o genética, las identidades racializadas son socialmente reales. En la sociedad cubana, aunque la gente puede afirmar que no ve el color, en la práctica, al clasificar y valorar una intrincada combinación de tonos de piel, texturas de cabello, formas de nariz, colores de ojos, etc., producen y mantienen docenas de identidades raciales informales.

El mito de la igualdad racial en Cuba se ha vuelto aún más insostenible recientemente. Este verano, los cubanos han salido a las calles de las principales ciudades de la isla para exigir libertad y denunciar las penurias económicas exacerbadas por la pandemia. Los afrocubanos, que han tenido menos probabilidades de beneficiarse de las reformas que han remodelado la economía cubana desde la década de 1990, han encabezado en gran medida estas manifestaciones. Decir que estas protestas son raras es quedarse corto; en Cuba, donde simplemente criticar al gobierno puede llevar a la gente a la cárcel, la última protesta a gran escala ocurrió en 1994.

Sin embargo, incluso en las protestas recientes, las discusiones explícitas sobre la raza están notablemente ausentes en la mayoría de los llamados a la acción. Mientras tanto, en los entornos familiares cubanos, el foco de mi investigación, la raza a menudo se discute abiertamente, pero la desigualdad racial no.

Entonces, ¿por qué sigue siendo tan difícil nombrar la desigualdad racial en Cuba?

Parte de la respuesta radica en las nociones nacionalistas de mestizaje, o mezcla racial, que hacen que la desigualdad racial sea difícil de discutir en toda América Latina en general. En Cuba, dice la narrativa, todos pueden rastrear sus raíces en una mezcla de sangre africana y española. Ser cubano es ser mestizo.

La identidad nacional de Cuba como un lugar de mezcla y armonía racial tiene una larga historia, pero estas ideas fueron remodeladas y vinieron a estar estrechamente vinculadas a la política comunista revolucionaria del estado después de la Revolución Cubana de 1959. Fidel Castro y su gobierno defendieron la justicia social y racial en la década de 1960, durante una época en la que las leyes segregacionistas de Jim Crow estaban comenzando a ser desmanteladas en los Estados Unidos. En 1962 —dos años antes de que Estados Unidos aprobara la Ley de Derechos Civiles— Castro afirmó haber erradicado el racismo en Cuba.

El expreso político sudafricano Nelson Mandela visitó a Fidel Castro en Cuba, poco después de ser liberado de prisión en 1991.

Castro explotó las tensiones raciales en curso al denunciar el “problema racial” en los Estados Unidos e invitar a los Afroamericanos a visitar la Cuba revolucionaria. Esta narrativa de solidaridad negra internacional se hizo aún más pronunciada durante la participación de Cuba durante los años setenta y ochenta en las luchas antiimperialistas y revolucionarias en el continente africano, incluida la Guerra de Independencia de Angola y la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. Es revelador que cuando Nelson Mandela salió de la cárcel, uno de sus primeros viajes fue a Cuba, donde se reunió con Castro para agradecerle por ser “una fuente de inspiración para todas las personas amantes de la libertad”.

Pero la lucha internacional de Cuba por la justicia racial enmascara la continua desigualdad en la isla. Dado que la revolución supuestamente había erradicado el racismo, las discusiones sobre la desigualdad racial se consideraron divisorias. El gobierno de Castro desmanteló las organizaciones y clubes basados ​​en la raza –incluidos los clubes donde los afrocubanos se habían reunido históricamente para trabajar en red y defender los derechos de sus comunidades.

Esta fachada de armonía racial pronto se desharía después de la caída de la Unión Soviética en 1989, cuando Cuba entró en una crisis económica conocida como “El período especial en tiempos de paz”. En respuesta a la crisis económica, Cuba dio la bienvenida al turismo masivo e introdujo un pequeño sector privado financiado, en gran parte, a través de las remesas enviadas por familiares en el exterior.

Estos cambios han reformado las relaciones económicas en la isla y han revelado las marcadas disparidades raciales que nunca habían desaparecido.

Hoy las jerarquías raciales persisten en la vida diaria. Pero las personas que hablan sobre la desigualdad racial pueden ser vigiladas socialmente—como lo fue Yudell— o enfrentar consecuencias más graves.

En el sector del turismo, los anuncios de empleo suelen utilizar un lenguaje codificado racialmente, como: “Buscando empleados con buena presencia”. Como todos en Cuba saben, “buena presencia” se refiere a aquellos con tonos de piel más blancos y pelo lacio. Estos requisitos limitan el acceso a trabajos turísticos para personas con tonos de piel más oscuros y refuerzan la superioridad construida de la blancura.

Pero es en casa donde la mayoría de los cubanos aprenden por primera vez sobre los discursos y las jerarquías raciales, y su lugar dentro de ellas.

Las familias cubanas son increíblemente heterogéneas desde el punto de vista racial, e incluso los hermanos biológicos pueden ser racializados de manera diferente entre sí y de sus padres. Los miembros de la familia comúnmente comparan y contrastan las características físicas, como distinguir entre pelo malo (refiriéndose al cabello áspero (o grueso) y rizado) y pelo bueno (refiriéndose al cabello liso y fino).

Para algunas personas, esto significa escuchar comentarios degradantes sobre su apariencia de parte de sus propios familiares inmediatos. Algunos incluso pueden internalizar jerarquías raciales.

En Cuba, hablar directamente sobre la raza es más que un tabú; es contrarrevolucionario.

Así fue para Alina, una de mis entrevistadas, que nació en Guantánamo al principio de la década de los ‘60. Alina, una de ocho hermanos, me dijo con confianza que le había “tocado el pelo bueno”. El resto de sus hermanos, dijo, eran mulato jabao, un término que se refiere a personas con rasgos europeos estereotípicamente blancos, pero con ascendencia Africana visible. Tenían “ojos verdosos azulados”, dijo Alina, pero luego hizo un gesto de desaprobación para mostrar que tenían “pelo malo”.

Alina no solo estaba orgullosa de su “pelo bueno” y ojos claros, se consideraba a sí misma como una de las hermanas “blancas” –y se separó de los demás cuya piel más oscura los convertía en mulatos—.

Sin embargo, mientras hablábamos, no pude evitar notar los ojos en blanco y las burlas de aquellos que escuchaban nuestra conversación. Más tarde me informaron que Alina, también, sería considerada una jabá (la forma femenina de jabao).

Las familias que invierten en ideas de movilidad social y racial pueden incluso animar a sus hijos a encontrar parejas con tonos de piel más claros para “adelantar la raza” (traducido literalmente de “improve the race”). Estas prácticas resuenan con políticas anteriores de blanqueamiento biológico de la población, que obtuvieron legitimidad pseudocientífica en Cuba y en otros lugares durante el movimiento eugenésico del siglo XX. Estas ideas llevaron al gobierno cubano a alentar la inmigración europea y restringir fuertemente la inmigración de no blancos a principios del siglo XX.

Hoy las ideas de blanqueamiento se promueven informalmente a través de comentarios subidos de tono. Si un miembro de la familia sale con alguien de piel más oscura, por ejemplo, uno de los padres podría decir: “¡No quieres tener hijos con pelo malo, verdad?” O, según uno de mis entrevistados, se podría describir a los miembros de la familia que tienen la piel más clara que sus hermanos como personas que “han adelantado más que los demás”.

Estos comentarios ofensivos no son pasivos ni inofensivos. Informan la comprensión de la raza, dan forma a las interacciones sociales e influyen en las decisiones familiares. Los ejemplos aprendidos de anti-Negritud que se perpetúan en entornos íntimos ayudan a respaldar desigualdades sistémicas injustas y de larga data.

Aunque la jerarquía racial sigue arraigada en Cuba, algunos académicos y activistas en la isla están presionando por un cambio.

En el último año, incluso antes de las protestas más recientes en julio, Cuba ha sido testigo de una serie de manifestaciones a pequeña escala que luchan por la libertad de expresión artística y, a veces, destacan las luchas desproporcionadas que enfrentan los afrocubanos. En febrero, por ejemplo, la canción “Patria y vida”, escrita e interpretada por artistas afrocubanos en la isla y en el extranjero, se convirtió en el último himno de la resistencia. Algunos han interpretado la canción como un llamado a la justicia racial.

Paralelamente, un grupo relativamente pequeño de académicos ha estado pidiendo activamente al estado que aborde formalmente la continua discriminación racial y permita que la historia afrocubana se enseñe en las escuelas. El grupo activista Comité ciudadanos por la integración racial (CIR) ha hecho llamados similares. Sin embargo, el estado ha respondido deteniendo repetidamente a miembros del CIR e intentando desacreditar a la organización.

La canción “Patria y vida” se convirtió en un grito de guerra este verano cuando estallaron las protestas en Cuba y en toda la diáspora cubana.

Mi trabajo etnográfico, haciéndose eco de los estudiosos de América Latina y de otros lugares, sugiere que aquellos de nosotros que luchamos por la justicia racial en Cuba no debemos olvidarnos de desafiar también escenarios más íntimos. Los prejuicios contra los negros se filtran a través de las narrativas familiares y ayudan a mantener las jerarquías raciales a lo largo de las generaciones, lo que contribuye a la persistencia de las desigualdades.

Observar más de cerca cómo las familias hablan sobre la raza puede ayudar a disipar la narrativa oficial de Cuba como una “democracia racial” ciega a los colores, donde todas las razas son tratadas por igual.

Elizabeth Obregón es una candidata al Ph.D. en el departamento de antropología de la Universidad de Illinois, Chicago. La investigación de su tesis explora la creación de razas a través de la lente de las genealogías familiares y considera cómo las pruebas de ascendencia genética están (re) formulando las narrativas de raza y ascendencia. Su trabajo ha sido publicado en Ethnic and Racial Studies. Es becaria Mellon del Programa Interuniversitario de Investigaciones Latinas – la Universidad de Illinois Chicago.

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